Abuelos Queridos
Por: Nelson Rivas-Cortez
Este fin de semana pasado vinieron cinco de mis nietos (faltó el más pequeño). Mi casa acostumbrada a la tranquilidad de mi esposa, la protección de Rascal (el perro) y los silbidos de Lorena (la periquita) se llenó de un gran bullicio. No saben venir todos juntos. Mi esposa no estaba preparada así que ordenó pizzas y les dio helado. Los niños contentos. Mi esposa echándolos a perder. Les tomé unas fotos.
Generalmente cuando se habla de los abuelitos nos imaginamos a esos viejitos que nos llenaban de cariño. ¿Será porque ven en la nueva generación la continuación de la vida, la perpetuación del hombre, la confirmación a generaciones por venir que un día nosotros estuvimos aquí?
¿Quién de nosotros no tiene algo que recordar? Mi abuelita materna, por ejemplo, se pasaba las tardes en el porche. Vistiendo su delantal blanco, planchado y almidonado. Con dos bolsas a los lados de donde salían cosas inimaginables. Su cabellera igual que el delantal era blanco y largo. Suelto parecía cascada de nieve. Aunque siempre se lo sujetaba con una peineta grande y bonita.
Y tejía todo el día. Tejía y tejía... más que una arañita. Tejía de todo. Cualquier retazo que llegaba a sus manos los unía a otros y hacía de todo ello manteles, sabanas, blusas y camisas. ¡Ah mi abuelita María!
Nunca usó lentes y tenía una visión perfecta. Enhebraba una aguja en un santiamén. Y eso era de todos los días. Nada para orgullecerse. Y después de ciento dos años murió viejita y contenta una madrugada antes de que saliera el sol. Había visto de todo y su ojo nunca se agotó ni se llenó.
Mi abuelita materna era diferente. Fue la típica mujer culta. Profesora de profesión. Abuela por naturaleza y amante de la vida por vocación. Ella me enseñó hacer las cosas en serio sin tomarme muy en serio. Una mujercita suave y firme que mantenía sus ideas y las defendía a base de razonamientos lógicos y maduros.
Nunca estaba preparada para hablar en público, pero llegada la ocasión, como de un torrente interno le brotaban las palabras, y se hacían eco en los rincones y recovecos del alma de los oyentes llamando a la reflexión mientras estimulaba y corregía.
Vivía en el campo. Era una casona vieja y grande en el medio de un cafetal. Alguna vez tomé café con ella mientras la veía y la admiraba. En una ocasión nos reunimos muchos de sus nietos. Éramos tantos que ni nos conocíamos. Llegaba a la cuarta generación. Ella orgullosa de su familia ¿Se imaginan? Tanta gente de una matriz... ¡Ah Ma’María, te recuerdo dulce y bonita!
Las dos murieron como todos. La única luz que permaneció de ellas es el recuerdo en todos sus descendientes que de una u otra manera enfrentan sus propias luchas como yo, queriendo mantenerme a la altura de los ideales que me inculcaron mientras me acariciaban la cabeza.
Las abuelas son cosa especial... quizás porque las hicieron del hombre. Y a nosotros, ellas también nos hicieron especiales... quizás porque nacimos de ellas. Nos enseñaron un mundo nuevo de cariño y leyendas... a veces de disciplina pero más de amor.
Hay todo tipo de ellas. Ha algunas les gusta la tranquilidad pero disfrutan de una buena fiesta familiar. Viven cada momento como el último. Y ni mencionan sus necesidades. Hay otras que viven rodeadas de los suyos pero nadie les presta la atención debida... ¿Conoce alguna de estas?
Mi pasado ha quedado atrás. Se remonta hasta los principios. Cuando veo hacia allá pienso en todos los que hicieron posible que yo estuviera aquí este día. No sé hasta donde habrán pensado en los que les precederíamos. Cuando veo hacia adelante, veo generaciones nuevas que están por llegar y aunque ellos no lo piensen serán mi extensión, y eso me alegra.
Mientras escribo este artículo tarareo una canción que me gusta mucho y me da en que pensar: “...tienes que aprender a caminar hacia los años viejos, si llegas solo para que llegar...”
Agradezco a mis muchachos que pasaron a visitarme este día. Sé que no soy tan alegre como quisiera ya que los disfrutaría un poco más. Me esfuerzo y ellos son pacientes conmigo. Saben que los amo. Tienen más paciencia de la que yo demuestro. Mi esposa está contenta, y sabe que pronto se irán. Como me quisieron mis abuelas, mi esposa los trata a ellos... amor y disciplina. No es fácil. La casa de los abuelos..
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